El Biógrafo y los “Cojos

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Existieron muchos personajes de oscuro origen, no siempre explicados, pero transformados en prototipos sociales. Existieron, aunque sus servicios hayan sido dejados por la modernidad. Algunos ejemplos: ropavejeros, zurcidoras de medias, faroleros, polleros, etc.

Es también el caso de los “Cojos” de los viejos teatros, biógrafos o cines de ayer, añorados porque gatillan recuerdos de infancia y juventud perdidos en el tiempo por el cambio de paradigmas del cine, como arte, técnica e industria de entretención.

El “Cojo” ya no existe, aunque hoy en día, si en las salas de “cine de bolsillo” se produce algún inconveniente, se escucha el grito gutural de “güena Cojo”, como un retorno al pasado. Eran operadores que pasaban películas desde una estrecha cabina, en la oscuridad del “balcón”, por un orificio en que posibilitaba que la luz de la cámara se proyectara en el amarillento y raído telón.

Las películas se envasaban en rollos de celuloide en cajas metálicas, que duraban la mitad del film y el “Cojo” debía evitar la interrupción pues de inmediato recibía los arteros gritos. Su labor se complementaba con el ciclista que distribuía las cajas de celuloide en los cines que proliferaban en los barrios capitalinos. Como en Chillán la oferta de los teatros no satisfacía la demanda, los “operadores freelance” llegaban a pueblos vecinos, proyectando películas gastadas en salones parroquiales, gimnasios y casas con proyectoras y equipos dados de baja, contribuyendo a socializar el gusto por el cine. Eran los mismos “Cojos” que en sus tiempos libres o aficionados como el “Guatón Chamorro” o Mario Foster (luego dueño del cine Mafor), que llegaban hasta Coihueco, Quirihue o Bulnes, difundiendo las maravillas del cine sonoro.

Las largas jornadas de cine de antes tenían encanto. Uno, el tamaño de los cines, de tres pisos: platea, balcón y galería, otros con palcos para gente linda; el espectáculo estaba en la galucha, con indescriptible bullicio, risas, gritos y cantos si eran películas mexicanas o aplaudiendo o pifiando a jovencitos y malvados. Familias enteras participaban en las “populares”, largas tardes de 3 películas al hilo, gozando y agotándose. El “Cojo” vivía su esplendor. El “Guatón Chamorro” se especializaba en organizar “populares para los “porros” que hacían la chancha” en el colegio. Algunos permanecían horas y horas, repitiéndose el “plato”, para contemplar en 10 segundos los modelados muslos de Silvana Mangano (“Arroz Amargo”) o los exultantes senos de Isabel Sarli (“El trueno entre las hojas”), como expresivo testimonio del despertar sexual.

Esas salas de cine se achicaron con la arremetida de la televisión, que impactó en la industria hollywoodense, la que debió reinventarse.

La transición se produce con el cine de las fericas “Ben Hur” (Charlton Heston), “La Reina del Nilo” (Elizabeth Taylor, Richard Burton); las sagas de “spaghettis western del inconfundible Clint Eastwood o del mítico cincuentenario James Bond, interpretado por Sean Connery.

El cine actual, cercano al arte, sepultó al “Cojo”, que no pudo sobrevivir a las lluviosas cintas de la “Pasión del Señor” de tanto repetirse en Semana Santa o de las brumosas hazañas de Tarzán, Jane y la mona Chita, que jamás envejecen.


Profesor de Estado en Historia, Geografía y Educación Cívica de la Universidad de Chile, y Magíster en Educación de la misma Universidad.

Actualmente es Directivo de Educación Superior, Decano de la Facultad de Educación y Humanidades de la Universidad del Bío-Bío.