CINE AYER

                  CINES DE BARRIO : DONDE IBAN A MORIR LAS PELÍCULAS

JAIME CÓRDOVA ORTEGA, periodista, magíster en comunicación, diplomado en cine.

Durante la década del 50, que fue el máximo esplendor de la actividad cinematográfica, no sólo en Chile, sino que en el resto del planeta, y donde la aparición de la televisión obligó a la industria del cine en Estados Unidos a emplear recursos espectaculares para atraer a un público que iba en franco descenso, se estaba fraguando el inicio del declive del sistema de estudios, donde la fábrica de sueños hollywoodense -que tenía a actores, directores y técnicos contratados- comenzaba ya a desmoronarse, liberando de sus eternos contratos a una gran cantidad de gente que se quedó, de la noche a la mañana, en una inestable situación que los obligó a trabajar free lance, es decir, para cualquiera que los contratara.

Hasta inicios de esa década, los grandes estudios producían un largometraje semanal, más los noticiarios, documentales, dibujos animados, comerciales y sinopsis, que constituían la programación total. Como podemos ver, una gran cantidad de material que era suministrado a las salas de cine "de estreno", y que en los cines de barrio -por tratarse de lugares donde existía el ritual del rotativo, donde tres o hasta cuatro películas se exhibían durante el día, y de manera continuada- este material de "relleno" tenía una exhibición más bien acotada, cuando las películas eran de corta duración o el "combinador" (que llevaba los rollos de un cine a otro) se atrasaba en la entrega.

Los cines de estreno en Santiago, que estaban ubicados en el centro, como el Gran Palace, el Metro, por nombrar los que más rápido llegan a la memoria, tenían dos operadores, o "cojos", como solía llamárseles. Como dijo un amigo, "por suerte esta es una de esas profesiones que no dejaron herederos", pues el oficio de proyeccionista, en esa época, era una de las más pesadas, y la que requería nervios de acero. La profesión consistía en proyectar una película, pero ello implicaba varios aspectos, a saber: cargar las máquinas con bobinas que no duraban más allá de 8 o 10 minutos, cambiar los carbones de arco voltaico (que eran el suministro de luz para proyectar) por cada máquina cada dos bobinas, rebobinar los rollos después de cada proyección, revisarlos para que no hubiesen cortes, proyectar las diapositivas con publicidad entre cada función, limpiar los rodillos y ventanillas de los proyectores para que la suciedad no quedara impregnada en la película, y un largo etcétera. Como verán, era bastante trabajo, y los operadores sólo descansaban el Viernes Santo. Pero eso no era todo, además estos hombres, durante años, respiraron el gas que desprendía la combustión de los carbones, y aquellos proyeccionistas que yo conocí, murieron de cáncer al pulmón.

En los cines importantes había un operador por cada máquina y un ayudante, práctica que decayó a medida que las películas fueron fabricadas en un soporte que ya no era inflamable, recordemos que desde 1895 y hasta 1950 las películas, si se quedaban pegadas en el lente del proyector, se inflamaban, provocando quemaduras o incluso la muerte de los operadores. Por eso es que a partir de 1905, cuando comienzan a construirse las primeras salas de cine, la caseta estaba ubicada dentro de una cabina de concreto, separada de la sala, y con cuatro ventanas, donde se proyectaba el filme y el operador veía cómo estaba saliendo la función. Esta caseta de concreto era parte de una normativa internacional, y en Chile, la primera sala que rompió con aquella regla fue la sala del Cine Arte de Viña del Mar, inaugurada a fines de la década del 60 y con la caseta abierta a la mirada curiosa del público.

Ya hemos señalado la década del 50 como aquella época paradigmática del negocio del cine, donde en Santiago existían más de 200 salas, sin contar todas aquellas, pequeñas y grandes, que estaban repartidas a lo largo y ancho del país. El público que frecuentaba las salas en regiones o los cines de barrio en Santiago, reclamaba por los cortes en las películas, ya que ellas se rajaban, se quedaban pegadas en el lente y se quemaban, o simplemente había grandes saltos entre una escena y otra que estaban repartidas entre el final de un rollo y el comienzo del siguiente, pues, de acuerdo a la experiencia personal y al material antiguo que he encontrado, por cada rollo hay cerca de un minuto y medio que falta, lo que se traduce en que en una película de largometraje hayan 15 o 20 minutos menos de metraje. Ello depende de la duración de la película, pues en una copia de Los diez mandamientos, faltan 40 minutos, porque es mayor la cantidad de rollos.

¿Cómo se llegaba a este nivel de destrucción del material fílmico? La respuesta es muy sencilla, y debe culparse al fisco. Hasta mediados de los años 60, el Servicio de Impuestos Internos se llevaba el 70% del valor de la entrada, el 30% restante se dividía entre el dueño de la sala, la compañía distribuidora y el productor de la película; por lo tanto, no era negocio tener un cine, por eso es que los dueños de las salas eran pocos, pero tenían cadenas de cines, pues al arrendar una película, la exhibían en todas las salas que tenían bajo su administración.

La internación de las películas al país era otro problema: pagaban más impuestos aquellas películas en color en comparación a aquellas en blanco y negro. Este problema generaba dos situaciones, la primera, las compañías traían pocas copias de cada película (unas 2 o 3, cuando el filme iba a ser un éxito). Y el segundo, muchas películas que eran en color, los distribuidores preferían hacer copias en material de baja calidad, así, pagaban más impuesto pero se ahorraban parte del proceso de copiado en película barata, por lo tanto, muchos de esos filmes la gente los vio en una tonalidad rosada.

El paso de las películas por los cines de estreno estaba resguardado por el cuidado que los operadores tenían con el manejo de la película y la constante revisión de las máquinas, pues los rodillos gastados o una ventanilla de proyección apretada hacía que las perforaciones de la película se partieran y rompieran, con el consiguiente desgarro del filme durante su proyección.

Las grandes salas adquirían equipos de proyección de muy buena calidad: Ernemann, Phillips, Century, Simplex, mientras que las salas más modestas compraban equipos Llopis, fabricados en Chile, para ser más exactos, en Quilpué y Villa Alemana. Estas eran unas máquinas confiables, que proyectaban material dañado sin cortarlo.

Recapitulemos: ante el gran porcentaje que se llevaba el Estado en impuestos, las salas y las distribuidoras tenían que sacarle el jugo a las películas. De las dos o tres copias, una se quedaba en Santiago, las otras eran llevadas a las sucursales de las compañías en Valparaíso y Concepción, de ahí eran distribuidas a la región central y al sur, y eran proyectadas hasta que la gente no entendía qué era lo que estaba viendo. Llegado ese momento la copia era retirada de circulación y se procedía a darla de baja. En otras palabras, el bodeguero de la compañía tomaba un hacha y la destruía.

Si la película resultaba ser muy exitosa, se traía otra copia o (lo cual era una práctica muy habitual) la distribuidora traía desde Estados Unidos el primero y el último minuto de cada rollo (que siempre se rompían), los pegaban a la copia que estaba trabajando y se continuaba con su explotación. Hay que decir que esta práctica medieval sólo puede verificarse en países pequeños y miserables como el nuestro, ya que la película, el soporte cinematográfico, ha sido fabricado para una vida útil de 300 proyecciones, más allá de eso (y si el operador mantenía en buenas condiciones el proyector y era cuidadoso con la película) la película comenzaba su normal deterioro. En otros países la copia era reemplazada, pero en el nuestro la pillería era mandar parches.

Los principales motivos por los cuales se rompían los comienzos y finales de los rollos eran porque al echar a correr la máquina, los primeros tirones del motor forzaban la película más de lo normal, hasta que el carrete de enrollado tomaba una velocidad pareja, y eso comenzaba a ocurrir pasado el primer minuto de proyección. La otra causal era que los carretes donde se colocaban los rollos tenían un taco o centro muy pequeño, lo que hacía que, ya fuese al comenzar el rollo o a su término, los carretes giraran más rápido, generando una fricción en la película, lo que se traducía en rayas o tirones que iban rompiendo las perforaciones. Por ello, los operadores de las salas de barrio o de provincia, por trabajar solos en la caseta, no tenían tiempo de reparar la película, y todos aquellos metros de filme con la perforación dañada los cortaban, de ahí la pérdida.

Hoy, cuando el soporte se fabrica en poliéster irrompible, llegan 50 o 70 copias de cada película, las cuales ingresan intactas a la bodega de la distribuidora después de un mes o dos de exhibición, y prácticamente nuevas. Y se deja caer el hacha.

Como dijo el personaje de Alfredo en Cinema Paradiso: "El progreso siempre llega tarde".

Por eso es tan importante cuidar las películas viejas, son sobrevivientes.