El último operador del cine de antaño

LA TERCERA EDICION IMPRESA | MIÉRCOLES 28 DE DICIEMBRE DE 2011

Manuel Martinez lleva más de 70 años proyectando películas, oficio que aprendió mientras era un escolar. Trabajó en Rancagua y Santiago, y hoy sigue llevando películas a las plazas.     

por Paulo Muñoz

HABLA pausado y su caminar cansino revela que ya alcanzó los 85 años; toda una vida dedicada a los centenares de carretes metálicos apilados en cada uno de los rincones del lugar, que él intenta esquivar a cada paso y que se mezclan con desgastadas máquinas proyectoras que nacieron de su propia mano. Manuel Martínez Rodríguez es uno de los últimos operadores del cine de la primera mitad del siglo XX, que hoy mantiene viva la magia del séptimo arte en plazas públicas y eventos sociales. Uno de los nostálgicos de una época en que las copias de películas escaseaban y se trabajaban a "rollo pegado".

Camina por el patio de su casa en Ñuñoa, se detiene afuera de una bodega y apunta a una pared, donde cubierta por un paño blanco está una de sus preferidas. "Motor bobina" se lee en uno de los interruptores de la máquina. Manuel la enciende y comienza a proyectar una cinta de 35 milímetros, con imágenes en blanco y negro que reviven uno de los últimos discursos del asesinado Presidente de EE.UU. John F. Kennedy.

Con sólo 14 años, Manuel tuvo su primer acercamiento al cine en San Francisco de Mostazal. Era 1939 y un desconocido operador del cine del pueblo lo convirtió en su improvisado ayudante. Amaro Garrido le enseñó el trabajo de la máquina artesanal, aquella que funcionaba a carbón y cuyos carretes de películas debían ser ubicados en la parte superior de la proyectora. Todo iba bien, hasta que un día Garrido se ausentó y con la presión de los espectadores y la dueña del cine del pueblo, el joven Manuel asumió el desafío. "'Oye, cabro, ¿te animas a pasar la película?', me dijo, y yo le dije que sí. Fue ahí cuando proyecté una película mexicana y de ahí nunca más me alejé de las máquinas", cuenta, en el inicio de un relato que, a ratos, recuerda pasajes de la italiana Cinema Paradiso. Pero a diferencia del personaje de esa historia, Manuel afirma que "jamás pensé en ser director de cine, pasaba películas porque me gustaba".

Una tarea que a ratos se convirtió en una odisea, por su baja estatura de niño. "Yo tenía que subirme arriba de un cajón azucarero para alcanzar arriba el rollo, y ahí tenía que sacar el rollo que iba andando de la máquina cuando se acababa y le pegaba el otro, para que no se perdiera la continuidad", relata.

Al año siguiente, Manuel se convertiría en el ayudante del operador del Teatro San Martín de Rancagua, días en que pesaba más la pasión por la proyección de historias que los escasos centavos que recibía de remuneración. Cinco años más tarde, llegaría al desaparecido Cine Manuel Rodríguez, en el sector del Club Hípico, en Santiago, y un año después sería el encargado de proyectar la primera película en el exclusivo Teatro Bandera, uno de los dos cines de primera categoría que había en el país, donde sólo se podía ingresar con corbata y los operadores vestían con tenida formal.

"Era un cine de lujo, la gente no se podía sacar el vestón y todos llegaban en autos, como en los eventos de gala", cuenta Martínez, que recuerda que tras la jornada laboral, junto a sus colegas de las otras salas se juntaban en locales del sector céntrico, en los inicios de la antigua vida bohemia capitalina.

Regina, Windsor, Cinerama y Normandie fueron parte de las salas que recibieron el trabajo de Manuel. Su última proyección la realizó en la sala subterránea del cine San Martín, a fines de la década del 70. Con el apoyo del mayor de sus hijos, optó por adentrarse en el mundo empresarial y comenzar a arrendar salas de cine en Paine, Codegua, Graneros y Puente Alto, negocio que terminaría a inicios de los 90, con la irrupción de salas masivas.

Con orgullo, señala que junto a su hijo fueron los primeros en mejorar el sonido de las salas de cine, gracias a una artesanal técnica, similar al surround. "Eso lo hacíamos en la mesa de sonido. Cuando pasaban los aviones, le bajábamos el sonido de los parlantes de adelante y subíamos el de los de atrás. Lo hacíamos manualmente y hacíamos todos los efectos, porque la película la sabíamos de memoria", agrega.

Hoy, Manuel Martínez está dedicado a proyectar películas en plazas públicas y realizar eventos, con los que intenta mantener vivo el trabajo que inició en su pueblo natal y por el cual hoy es reconocido por el Servicio Nacional del Adulto Mayor.

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OFICIOS DEL PASADO: OPERADOR DE CINE

Hernán Klambert ha dedicado 62 años de su vida a la proyección de películas.

 

Viernes 8 de enero de 2010| por Katherine Rios / La Nacion

"Todos se quieren, a todos los atesoro", diceHernán Klambert (82), en alusión a la extensa lista de salas por las que ha pasado en 62 años como operador de cine desde que se inició en el ex Teatro Carrera, el primer cine sonoro del país inaugurado en 1927.

Don Hernán ha vivido más de la mitad de su vida entre películas, rollos de celuloide, afiches y fotografías y hace 27 años que lo hace en el Cine Arte Normandie.

Cuenta que el oficio es una herencia de su padre, quien trabajaba en un pequeño cine de Valparaíso llamado Palace, cerca de la Plaza Echaurren. "Ahí me nacieron las ganas de ser operador. Es un problema de fijación que los hijos quieren ser lo que el papá es", afirma. Sin embargo, su madre fue la directa responsable de que finalmente terminara ejerciendo esta profesión. Cuando don Hernán bordeaba los 18 años, ella decidió pagarle al operador del cine Carrera para que le enseñara el oficio, teatro donde comenzó su prolífica carrera.

Su lista de cines incluyen varios que ya no existen como el Teatro París (que estaba ubicado cerca de la calle Dieciocho), inauguró el Ópera (ubicado en Huérfanos 837 y que más tarde se convertiría en el míticoBim Bam Bum, donde también trabajó). Además inauguró pequeños cines en Talca y en Gran Avenida."Proyecté imágenes en el ex Teatro Bandera y el Continental también", recuerda.

Don Hernán sube por una angosta escalera al altillo del cuarto piso del Normandie donde está la sala de proyección. Ahí, con una luz tenue, dos máquinas proyectoras de fabricación alemana de los años treinta lo esperan. Con pulcritud toma el rollo al derecho, lo pone en la máquina y pasa la cinta hacia abajo, en donde otro carrete lo va recogiendo. "Así se enhebra la máquina, como la costurera enhebra su máquina de coser", explica. Minutos antes a que comience la película, la cinta es arrastrada por un sistema donde calza perfectamente. "La cruz de malta es lo principal en la máquina proyectora", afirma para referirse al aparato central de la máquina que permite que ésta ruede.

Ahora, sólo basta con acomodar la ventanilla de vidrio por la cual pasa ese mágico haz de luz. Don Hernán, esta vez, adecua la velocidad a veinticuatro cuadros por segundo para que con ello se proyecte finalmente la fotografía en la pantalla: comienza la función.

OFICIO EN EXTINCIÓN

 

El oficio está en declive, reconoce don Hernán. Son pocos los operadores de máquinas que aún trabajan y él no ha heredado a nadie su oficio. "No le he enseñado a nadie porque este es un trabajo en extinción, con el tecnicismo actual, el operador cada día sabe menos", asegura.

Pese a ello, el Normandie continúa con la antigua proyectora de los años treinta, la más antigua de todos los cines en Santiago.

Pero él está contento y orgulloso de su carrera y se emociona al hablar del oficio de operador de cine del ayer y del hoy. Conserva una fotografía de 1926 donde se lee "Hoi gran función de biógrafo". La mira intentando alcanzar, a través de la imagen, aquella época. Y es que antes no se anunciaba la película como hoy, la novedad para el público era la fotografía en movimiento. "Era maravilloso para la gente el hecho de que por ese aparato saliera la voz de una persona que se dirigiera a ellos y les hablara", evoca con nostalgia.

Hernán Klambert, toda una vida en el cine

Viernes. Es una nueva tarde en calle Tarapacá 1181 y por la puerta entra un señor mayor, de traje y corbata y pelo cano peinado hacia atrás. Es Hernán Klambert. Si bien quedamos a las dos, llega atrasado, y antes de recibirme pasa por la caja para contar un turro de billetes. “Me tiene que esperar” me dice en tono seco y regresa 15 minutos después con una sonrisa de oreja a oreja.

“Sé que lo han entrevistado varias veces”, es lo primero que le digo una vez sentados, a lo que asiente orgulloso. Tiene 87 años y desde los 18 se inició en el mundo del cine, primero como operador de máquinas proyectoras y desde hace tres décadas comoadministrador del Normandie.

Sus padres se separaron cuando era un niño, por lo que fue criado sólo por su madre. “Fue una cuestión de fijación, algo que los niños tienen es que siempre preguntan por el papá. El papá trabaja en el cine me dijeron y de ahí viene mi inquetud de trabajar en esto, aunque no sabía de qué se trataba” recuerda sobre Juan Klambert, un descendiente alemán que en los años treinta era operador del cine Palace de Valparaíso.

Su madre le pidió al proyeccionista del Teatro Carrera que le enseñara el oficio. Aprendió rápido y después del servicio militar, dio la prueba para obtener elcarnet de operador. “En esa época este carnet lo entregaba la Dirección General de Servicios Eléctricos”. Don Hernán reclama que en la actualidad no hay exigencias para ser operador “porque es otra cosa, otra técnica, el cine celuloide no tiene nada que ver con el digital”.

Recuerda que fue a mediados de los años cuarenta cuando tuvo su primer trabajo “en un cine que no está y que tampoco está la calle”.  Se trataba del Cine Iris, que después se llamó París. Una sala ubicada en la segunda cuadra de la desaparecida la calle Castro, paralela a Dieciocho, por donde hoy pasa la autopista Norte-Sur.

 

Después pasó por el cine Carrera, en la Alameda, entre Matucana y calle Concha y Toro. Luego en el Real de calle Compañía, entre Bandera y Ahumada, en el Teatro Opera de Huérfanos que después se convirtió en  el recordado Bim Bam Bum y en el cine Santiagofrente a la Casa Colorada.

En la década de los 70, Santiago tenía unas 120 salas de cine “desparramadas por toda la ciudad. El sindicato llegó a tener 400 socios” rememora don Hernán sobre los tiempos de gloria en donde había un operador por máquina, verdaderos expertos en el colocar y proyectar las cintas.

El libro Historias con Oficio de Mario Cavalla, describe a color aquellos tiempos.  “Las máquinas de esos años eran de origen alemán y cada película, de una hora y media de duración, constaba de ocho o diez rollos. Cuando llegaban a Chile cintas importantes, superproducciones, se entregaban en apenas tres o cuatro copias para ser repartidas entre los cines capitalinos. Ahí entraban a tallar los combinadores de películas, veloces personajes que originalmente iban en bicicleta y después en moto para lograr que el filme fuese exhibido a la hora señalada. Apenas terminaba un rollo en una sala, corrían a otra, aprovechando el pequeño desfase en la hora de partida de las funciones”.

El golpe militar pilló a don Hernán siendo dirigente sindical del Teatro Bandera. Fue exonerado y estuvo sin trabajo hasta el 79 cuando “un empresario del Normandie de Alameda me contrató como administrador. Cuando el cine se cambió de lugar, me cambié con él”. Esta histórica sala de cine primero se ubicó en Alameda 139, para luego trasladarse a su actual locación en Tarapacá 1181, donde antes funcionara una antigua Iglesia Evangélica.

Desde entonces su rutina es la de siempre. Llega cerca de las dos de la tarde, antes de la primera función. Revisa la caja y luego corta las entradas. “Es un día largo”, le digo. Y me responde categórico: “No! es un día entretenido”. Respuesta apasionada de un hombre que ya perdió la cuenta de cuantas películas ha visto en estas siete décadas y que día a día toma el pulso de un público cambiante. Don Hernán ejerce su oficio con entrega admirable y vocación a toda prueba. “Cada día me quedo hasta que cierra el cine y seguiré acá hasta cuando me aguanten los patrones”.

Cine Arte Normandie
Dónde: Tarapacá 1181, Barrio Arturo Prat-San Diego, Santiago Centro.
Funciones: A las 15.00, 16.45, 18.45 y 20.30 horas. Revisa la cartelera aquí
Cuánto:  Entrada General $3.500  / Tarjeta Amigos del Cine $1.000  / Estudiantes y Tercera Edad $2.500 / Miércoles $2.500

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